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Pereira: Lo que no se derrumbó

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Este recorrido fotográfico no pretende convertir el dolor en espectáculo. Yo no estaba allí cuando la tierra se movió, pero durante semanas he reconstruido aquella mañana a través de los ojos de mi familia, de sus recuerdos, sus miedos y sus historias. Lo que sigue no es el testimonio de quien presenció el terremoto, sino la mirada de quien ha intentado comprenderlo escuchando a quienes lo vivieron y observando las heridas que dejó en una ciudad que aún aprende a convivir con su memoria.

 

Estas fotografías son, en parte, un ejercicio de observación y, sobre todo, un ejercicio de escucha.

Hay momentos en que una ciudad aprende, de golpe, que nada de lo que parece permanente lo es.

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A las 7:34 de la mañana del 10 de agosto, la tierra se movió con una fuerza que atravesó Pereira y dejó una ciudad distinta. El terremoto, de magnitud 7,4 golpeó buena parte del occidente de Colombia. Dejó viviendas, edificios, comercios e infraestructura destruidos; también dejó muertos, heridos, familias desplazadas y miles de personas enfrentadas a una pregunta imposible: ¿cómo se empieza de nuevo cuando se ha perdido tanto?

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Lo que perdiste, lo recuperaras 7.4 veces...te lo juro.

Las imágenes de una tragedia no muestran solamente lo que se rompió. Detrás de cada pared caída había una historia: una casa no era solo ladrillos y techo, sino años de trabajo, sacrificios, recuerdos y sueños; el lugar donde crecieron los hijos y se imaginaba el futuro. Un negocio tampoco era únicamente una fuente de ingresos, sino una vida entera construida paso a paso. En cuestión de segundos no solo cayeron estructuras: también se vinieron abajo proyectos de vida.

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Nada material puede compararse con una vida perdida. No existe equivalente para la ausencia de quien ya no volverá a casa. Pero reconocer que la vida es lo más valioso no vuelve insignificantes las demás pérdidas. También se llora una casa. También se llora un negocio. También se llora la vida construida alrededor de ellos.

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Esa mañana, después del estruendo y del crujir de la tierra, llegó el silencio del caos. Un silencio hecho de polvo, gritos, sirenas, confusión, llamadas que no entraban y personas intentando comprender lo ocurrido.

Y después llegaron las manos.

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Antes de los planes de reconstrucción estuvieron los vecinos. Personas que, a pesar de estar viviendo la misma incertidumbre y angustia, retiraron escombros, compartieron agua y comida, prestaron herramientas, abrieron puertas o simplemente permanecieron al lado de quien no sabía qué hacer. La solidaridad apareció sin uniforme institucional y sin discurso. La solidaridad llegó, muchas veces, envuelta en una frase tan simple como poderosa: estoy aquí.

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Entre el concreto quebrado y los escombros comenzaron a aparecer pequeñas flores. No flores reales, sino algo quizás más frágil y más poderoso: la evidencia de que, incluso en medio de la destrucción, los seres humanos todavía podían cuidarse unos a otros.

La primera reconstrucción no fue arquitectónica. Fue humana.

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Sin embargo, cuando la tierra deja de temblar, el miedo no siempre termina. Hay personas, incluida mi familia, que aún se sobresaltan con ciertos ruidos, observan las paredes antes de sentarse o reviven aquella mañana sin quererlo. Son heridas invisibles, imposibles de medir en censos o toneladas de escombros: noches sin dormir, incertidumbre constante, el temor de volver a perderlo todo y la sensación de que el suelo, ese lugar que durante toda la vida pareció estable, puede dejar de serlo en cualquier momento.

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El terremoto duró minutos. Para algunos, el temblor continúa por dentro.

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En el cielo alguien espera tu victoria.

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Y aun así, Pereira sigue. Colombia sigue.

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Sigue en el comerciante limpiando lo que podía salvar, en el trabajador que vuelve a tomar sus herramientas, en las familias que continúan cocinando donde pueden. Sigue en quienes lo perdieron casi todo y, aun así, se levantan cada mañana porque hay que alimentar a los hijos, abrir el negocio, pagar una deuda o simplemente continuar.

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Hay una forma particular de dignidad en ese gesto. No es heroísmo. Es supervivencia. Es amor por la vida cotidiana. Es la dignidad silenciosa de una ciudad herida que se niega a renunciar a sí misma.

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Pereira no se está reconstruyendo desde las instituciones solamente. Esta volviendo a levantarse desde abajo. Desde quienes saben que una ciudad no es una colección de edificios, sino una red de relaciones humanas.

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Porque allí donde las palabras oficiales hablan de reconstrucción, las fotografías muestran algo más elemental: las personas mismas reconstruyendo sus propias vidas, sin ayuda institucional.

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Estas fotografías son, ante todo, un ejercicio de memoria. Un homenaje a quienes no alcanzaron a salir. A quienes perdieron a sus seres queridos a sus animales de compañía. A quienes, con las manos vacías, decidieron levantarse y seguir.

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Pereira no volverá a ser exactamente la misma. Tal vez ninguna ciudad que ha conocido una tragedia lo sea. Pero entre las ruinas quedó algo que no pudo derrumbarse:​ La voluntad de seguir siendo comunidad. Y es allí donde comienza la verdadera reconstrucción.

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Memoria por memoria.
Abrazo por abrazo.
Vida por vida.

Fotografía por fotografía.

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Mi familia, después del terremoto

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La historia de la reconstrucción también es la historia de mi familia.

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En las semanas posteriores al terremoto, han tenido que navegar reclamaciones con aseguradoras, programas de asistencia gubernamental, evaluaciones estructurales y un sinfín de trámites administrativos, mientras intentan recuperar cierta sensación de normalidad. Hoy, afortunadamente, se encuentran seguros y viviendo en una vivienda temporal, una estabilidad que parecía incierta durante los días que siguieron al desastre.

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Sin embargo, la realidad no ha sido la misma para todos.

El edificio de mi mamá sufrió daños importantes, pero afortunadamente contaba con una póliza de seguro muy completa. La reconstrucción tanto del edificio como de su apartamento estará cubierta, y además recibirá un subsidio de arrendamiento temporal mientras se realizan las reparaciones.

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La situación de mi hermana Jenny es diferente. Su edificio ha sido declarado irreparable y deberá ser demolido por completo. El seguro cubre únicamente las áreas comunes del edificio, pero no la reconstrucción de los apartamentos individuales. Gran parte de lo que quedó en su hogar, incluyendo muebles y pertenencias acumuladas a lo largo de años de vida familiar, no pudo ser recuperado y probablemente desaparecerá junto con la demolición.

Es aquí donde la generosidad de amigos, familiares, colegas e incluso personas que nunca hemos conocido se ha convertido en parte de nuestra historia.​​

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Los fondos recaudados a través de la campaña de GoFundMe serán destinados principalmente a ayudar a Jenny y a mis sobrinas a reconstruir su hogar y recuperar algunas de las pertenencias esenciales que perdieron. Más que objetos materiales, estos recursos representan la posibilidad de volver a empezar, de recuperar una sensación de seguridad y de construir nuevamente un espacio al que puedan llamar hogar.

 

Lo que hemos aprendido como familia es que las pérdidas no se cuentan únicamente en daños estructurales o en bienes materiales. También se miden en recuerdos que quedaron atrás, en objetos cotidianos cargados de significado y en la sensación de seguridad que un hogar brinda. Reconstruir no es solo volver a levantar paredes; es recuperar, poco a poco, el sentido de pertenencia, estabilidad y refugio que hacían de ese espacio un hogar.

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A todas las personas que nos han acompañado y apoyado durante este proceso: GRACIAS! Su solidaridad ya forma parte de la historia de reconstrucción de mi familia. Mucho después de que desaparezcan los titulares y las noticias, su generosidad seguirá presente en las vidas que ayudaron a reconstruir.

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Pereira, Colombia - Octubre 8, 2026

© 2026 El mundo a través de mis ojos por Heidy Martinez

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